En la arritmia del joven poeta de la ciudad de la furia, Franco Finocchiaro


Por Antonio Capurro

Uno se pregunta qué efecto puede causar la poesía en medio de una ciudad caótica como la nuestra que sentido útil encontrarle a todos esos versos rítmicos que de alguna forma se desencadenan en un cúmulo de palabras creando emociones. Franco Finocchiaro parece haber encontrado una respuesta a eso o al menos lo ha intentado con su poemario “Arritmia” que escribió a los 21 cuando se encontraba solo en casa, no tenía muchos amigos y había terminado con su novia, atmosfera que propició un encuentro con sus más íntimos pensamientos. 

Y entonces las palabras fueron saliendo una tras otras durante seis meses, tan naturales e intensas como las estaciones del año que terminan cuando llega el tiempo del cambio; aunque Franco siempre tuvo ese afán de publicar bien joven “para morir bien joven también”, la maldición de los 27 le dicen. Luego del parto creativo a buscar una editorial y ver por fin su libro publicado. Para él uno de los momentos más importantes fue el proceso de aprendizaje en la corrección de estilo del poemario, “y es que me di cuenta que había mucho ripio que sacarle”, señala con el cigarrillo en la mano. 

Al inicio sus inclinaciones artísticas iban por el lado musical, pero cuando se dio cuenta que no era muy bueno con los instrumentos lo dejó; se le daba mejor escribir letras o componer las canciones antes que tocarlas, así que para aprender más del arte poética empezó a leer a quienes terminaron convirtiéndose en sus favoritos: Rimbaud, Eielson, Martín Adán o Lucho Hernández. Poco a poco fueron apareciendo temas para Arritmia, libro que él define como infantil y romántico, la historia de un chico rebelde a quien nadie comprende.

Es una constante que cada poeta escriba acerca de lo que le está pasando, y eso es lo que Franco hace cuando derrama cuatro o cinco versos en donde esté o le agarre su rutina diaria que puede ser en un bus, en su casa o en cualquier lugar insospechado. No siente que represente a la juventud de su generación, aunque le gustaría pensar que todos esos poetas y poetisas que publican lo son. Un desencanto que a veces perturba o abruma es lo que él siente cuando se pregunta hasta qué punto estamos comprometidos con nosotros mismos en lograr nuestros objetivos de vida.

Con unos amigos participa en un grupo llamado Sema Soma, cuatro poetas malditos que se reúnen cada cierto tiempo para disfrutar la creación colectiva. Ya van dos ediciones que han salido en un formato simple, un papel doblado en cuatro puede tener maravillas, de la promoción se encargan ellos mismos repartiéndolo a su gente. Franco sabe que tiene el impulso para seguir escribiendo, él siente como un poeta y quiere persistir en los versos, aunque un día también anhela escribir guiones para películas.

Franco nunca deja de mostrarme esa sonrisa juguetona y pícara que juntos nos hace disfrutar la entrevista, yo soy cómplice de cada uno de sus comentarios en las casi dos horas que llevamos charlando. El humo relaja, esos anteojos tipo hipster le dan esa apariencia perfecta de un poeta con ansias de elucubrar más poesía de recorrer más caminos o de quizá un día tener mucha plata para que hacer lo que quiera. Franco es un chico de su época, un poeta novel, casi debutante, un hombre queriendo decir mucho y queriendo decir nada, entregando en unas líneas la intensidad de una vida con arritmia.

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