Retro Crítica: "La Sociedad de los Poetas muertos"



Por Antonio Capurro

En la “La sociedad de los poetas muertos” nos encontramos frente a un tema que ha desatado a lo largo de la historia no pocas iras y pasiones en el ser humano: la libertad. Y es aquella libertad, resumida en la frase latina “Carpe Diem” (Aprovecha el día al máximo), lo que un grupo de jóvenes busca a lo largo del filme. Son sus deseos, aspiraciones y frustraciones lo que Peter Weir nos muestra dentro de un complicado universo de rebeldía adolescente, con retrato de una juventud desencantada con la que logra salir por demás airoso.

De origen australiano, Peter Weir llega a los Estados Unidos con una ya respetable filmografía, entre ellas "Gallipolli", drama bélico protagonizado por Mel Gibson, coetáneo suyo que también participó en una de sus obras mayores "El año que vivimos en peligro". Hábil cineasta, ya establecido en Norteamérica se pone al frente de "Testigo en Peligro", eficiente thriller rural-policial con Harrison Ford y Kelly McGillis y "La costa del mosquito", drama familiar de nuevo con el Han Solo de “Star Wars” a la cabeza. También dirigió la simpática comedia romántica "Matrimonio por Conveniencia" con Gérard Depardieu y Andie McDowell y "El show Truman" con Jim Carrey. Como vemos una filmografía que abarca varios géneros.

Estamos pues ante un realizador que sabe diversificar su registro fílmico hacia diversos géneros, de todos los cuales ha salido airoso. Rodada en 1989, “La sociedad de los poetas muertos” constituye un acercamiento de Weir a los avatares emocionales de un grupo de chicos dentro del rígido y conservador internado al que han llegado para dar inicio a un año más de high school. Así veremos desfilar a personalidades en formación como el idealista personaje encarnado por Robert Sean Leonard o al tímido Ethan Hawke, cada cual con el afán de cumplir sus metas e ilusiones. Pronto empiezan las clases con el rigor y la disciplina propia de aquel claustro que en plena década de los años cincuenta pesa duramente sobre los hombros de esos chicos cuyos deseos de ser ellos mismos se ven limitados.

Será sólo a través de la figura encarnada por su profesor Jhon Keating (un sólido Robin Williams) y las sui generis clases de poesía, las que terminarán despabilando sus sentidos, energía y creatividad antes dormida. Es Keating quien alienta y subleva sus mentes, animándolos a sentir la poesía de forma vivencial lejos del peso de lo académico. Sin querer los alentará a resucitar la vieja logia secreta del internado del cual el mismo formó parte en su pubertad. Pero la tranquilidad no dura mucho, la traición hace que dentro de su propia círculo esta sea descubierta y con ello se desata un irremediable ocaso para los protagonistas.

El guión escrito por Tom Schulman, que mereció un Oscar de la Academia, no deja escapar nada en su ascendente curva narrativa desarrollando una trama que va hilvanándose dentro del salón de clases, en los cuartos de los jóvenes, en los pasillos, en la cueva de la sociedad y en el teatro. Weir saca muy buen provecho de los espacios cerrados, su cámara incide y reposa en cada gesto, cada acción, cada diálogo de manera precisa. Por eso la puesta en escena mantiene fluidez y dinamismo en una historia que va in crescendo. Richard Sean Leonard y Ethan Hawke, ambos en el comienzo de sus carreras, le hacen una réplica solvente a Willians, un trío magníficamente dirigido por Weir, que vive a plenitud el conflicto.

El universo mostrado por Weir queda resumido en la frase que Jhon Keating repite varias veces: Carpe Diem (Aprovecha al máximo el día) haciéndola suya hasta el final. Cuando Robert Sean Leonard descubre que sus padres no cederán ante sus legítimas aspiraciones y hace verdadero el elixir poético de la logia secreta para liberarse de la tiranía familiar, es allí que Weir patentiza el discurso fílmico narrado desde las primeras imágenes por las que nos ha venido conduciendo. “La sociedad de los poetas muertos” cumple a cabalidad y con brillos, relato alegórico y vigoroso de visión imprescindible.

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