Historias de propios y extraños: Perdiendo mi religión, encontrando mi espiritualidad


Por Antonio Capurro

De que mis antepasados tuvieron fe y la profesaron no me queda la menor duda. Prueba de ello es la influencia que el tema ha tenido en mi vida y formación desde muy pequeño, de hecho desde antes que yo naciera entre los integrantes de ambos lados de mi familia, el materno y el paterno. Más que hallar respuestas o replantearte nuevas preguntas esta especie de ensayo o artículo intenta ser una reflexión a partir de mi propia ontología espiritual inspirado por la verdad, esa que no está en la Marcha por la Vida o Con mis hijos no te metas. 

Mis abuelos maternos eran de la sierra peruana, más exactamente de Cabana, y por lo que me cuenta mi madre ellos nacieron bajo la religión Católica y la ejercieron hasta por lo menos cuando abandonaron su pueblo en pos de un mejor destino durante los años cuarenta. Chimbote fue el lugar elegido y para ese entonces al parecer ya habían dejado atrás los ritos de Roma por la fe protestante, se convirtieron en evangélicos. Luisa, mi madre, recuerda que ella fue bautizada pero que nunca recibió ningún otro sacramento pese a que la matricularon en el colegio de monjas Inmaculada de la Merced. Años después al nacer yo se repetiría casi la misma figura, en mi caso también fui inscrito en un colegio religioso, uno de curas de la Orden de Padres Oblatos de San José. 

Mis padres pertenecían a diferentes credos, así que nunca se casaron como la Iglesia de sus respectivos padres les mandaba. Demasiado liberales para una época conservadora se mantienen así hasta la fecha, solo lo hicieron ante la ley por cuestiones meramente legales. En el colegio Antonio Raimondi mi madre se las ingenió en postergar durante quince años la famosa partida de bautizo que nunca llegaron a ver los distintos secretarios del plantel educativo. No sabemos cómo pero lo hizo. Pienso que ella deseaba que sea yo quien elija por mi libre albedrío mis creencias religiosas. 

Del lado paterno mi padre, Antonio, heredó lo católico por el apellido Capurro, inmigrantes de Génova (Italia) que llegaron a finales del siglo XIX a costas iqueñas y al parecer mantuvieron su fe; mientras que de su lado materno el bisabuelo Aching 朱= Zhu castellanizó su apellido en la escritura española a Chú, él mantuvo su fe confucionista para luego adoptar el catolicismo una vez iniciado su proceso de transculturación adaptándose a las costumbres de la sociedad peruana; aunque en el fondo parece ser que su fe estaba muy arraigada en esas tierras orientales que sus ojos no volverían a ver nunca más. 

Dentro de esa fusión, caldo de cultivo o sancochado, como dirían otros, fui creciendo yo. De mi madre escuché siempre repetir en alusión a los santos "No son nada más que yeso" y en el caso de mi padre de niño veía como reverenciaba frente a la imagen de San Martín de Porres en el patio trasero de la casa de mi abuela; sin embargo, también recuerdo ese pequeño Buda que papá guardaba en una pequeña repisa de la casa y que yo tomé como parte de mis objetos hasta que un día se rompió.

Es curioso mirar en retrospectiva, por esos años nadie a mi alrededor hablaba de ateísmo, agnosticismo, mucho menos de estado laico, vivía en la Edad Media del oscurantismo crítico. Yo estaba en el limbo, aparentemente libre, dentro de esa dualidad religiosa que me tocó vivir entre mis dos familias. No recuerdo cuando es que empezó a gustarme la iconografía católica, quizá cuando con mi madre nos quedábamos tarde en la noche con ella ayudándome a terminar la tarea de religión. Recuerdo aquel bello Jesús blanco de mirada dulce y largos cabellos ensortijados, me parecía tan hermoso y etéreo. Es más, mi padre me regaló un libro de pasta amarilla que todavía conservo conmigo "Mi libro de historias bíblicas". Toda esa pléyade de símbolos de piedad me llamaban la atención, porque me contaban esas historias de personas con vidas ejemplares que supuestamente uno debería imitar, pero que yo estaba lejos de ser. Al contrario, en mi bullían las ganas totales de conocer y explorar el mundo.

¿Se imaginan a un niño de ocho años haciendo la tarea de religión en su colegio católico mientras los domingos asistía a la EBDV (Escuela Biblíca de Verano)? Ese fui yo, el que durante cuatro años disfrutó de las lecturas biblícas logrando incluso un diploma en los concursos del Antiguo y Nuevo Testamento que organizaban los animadores. Recuerdo como una vez dentro de un salón pidieron a todos los niños que querían entregarse a Cristo y renunciar al pecado del mundo lo hicieran arrodillándose. Yo decidí que era demasiado pronto para mi porque anhelaba vivir más. A los once años y al no tener nadie con quien ir al templo, pues mi prima ya había entrado a secundaria, termina ese período evangélico de mi vida.

De regreso a la actualidad hace unos días caminando por la Residencial San Felipe me topé con una pinta en la pared que señalaba "DIOS ES GAY" para el disgusto de los homofóbicos o católicos o cristianos ultraconservadores de ese barrio, ¿pensarán todavía que es una blafesmia o saldrá en algún canal de TV como hecho sacrílego? En los años setenta u ochenta no existían marchas pro vida o con mis hijos no te metas, pero sí que era mucho peor. Muchos me han preguntado ¿a qué edad es que empezaron a gustarme los chicos? Ya desde los cinco años sentía atracción por los niños de mi salón o por mi vecino. A mi nadie me homosexualizó en el colegio ni en mi casa ni en ninguna parte, yo nací siendo gay, pero claro serlo en un espacio como la iglesia, donde sentir atracción por las personas de tu mismo sexo es una abominación castigada, ya se darán cuenta lo que a uno le esperaba al no poder ejercer tu orientación sexual. No sufrí ni de bullying ni marginación ni humillaciones, ¿la razón? Me tuve que camuflar como un buen camaleón para no ser una víctima y pasar piola. 

Mientras perfeccionaba mis habilidades de homosexual encubierto de lo cual no eres tan consciente hasta que te haces un púber luego un adolescente, cuando sabes que si o sí tienes que aprender el know how de cómo controlar tus emociones o deseos, porque aquí nadie te enseña nada, pasé a la secundaria. Ya para ese entonces mis padres no controlaban mi educación religiosa. Es más, cuando en las misas oficiales del colegio llamaban para recibir la hostia, yo estaba entrenado para decir que no había dado la primera comunión todavía y en el caso de la confesión lo mismo. 

Lo cierto es que esos cinco años de la secundaria me las pasé entre las nubes hasta que la Gran Misión de Chimbote con padres extranjeros llegó al puerto en el año 1986. Ese año la misión me hizo ver que yo quería ser católico así que me bauticé a los dieciséis años por voluntad propia, al poco tiempo en esa búsqueda de un lugar al cual pertenecer y ser acogido entro a la Iglesia San Carlos Borromeo por cerca de diez años, fui animador de catequesis y de confirmación, canté en el coro y estuve en un grupo parroquial, pero siempre con mi toque de mundano por lo cual uno de mis amigos me puso la chapa de "World". ¿Cómo se expresaba esto? Pues yo me profesaba defensor de la masturbación y además de las relaciones pre matrimoniales, ante lo que el resto se escandalizaba. Lo cierto es que no estaba siendo yo mismo empecé a reprimir mis deseos e impulsos sexuales no había otra salida. Ninguna de las iglesias a las cuales pertenecí fueron inclusivas o ecuménicas, por aquellos días esa palabra no existía en el lenguaje común de las personas, ante lo cual nunca pude expresarme en la dimensión de mi verdadera orientación sexual. 

Lamentablemente cuando eres gay la acogida no es la misma, algo cambia, y empiezas a dividirte entre lo que eres y tu religión porque si te integras deberá ser de acuerdo a las condiciones de esos dogmas que te dicen que tú eres diferente no como el resto. Y si no eres como el resto, es decir heterosexual, tienes todas las de perder porque estás en pecado, esa es la razón por la cual muchos gay no congregan y si conservan su fe lo hacen a su manera en su propio terreno. No estoy en contra de la libertad religiosa, cada quien puede profesar sus creencias pero lo que no se puede es permitir mensajes de odio, de intolerancia, de fundamentalismo, de violencia, porque eso fue lo mismo que hicieron los de la inquisición. Admiro a personas ateas o agnósticos muy humanos así como católicos o creyentes progresistas y también a los curas que decidieron salir del closet como José Mantero, Kristof Charamsa o David Berger. Porque la verdad, todavía no entiendo como tantos hombres gay quieren ser curas cuando saben que la iglesia nunca los aceptará, porque ahí el camino es o una doble vida o ser casi un eunuco. 

Hasta donde sé mis padres me enseñaron el respeto a los demás, eso veía en la casa, pero ¿cómo podían conciliar ellos tener un hijo gay frente a un discurso religioso que les decía otra cosa? No sé que pensaban mis antepasados chinos o italianos acerca de la homosexualidad, intuyo que para ellos sería un pecado, pero al cruzar de un lado el Océano Pacífico, y del otro; el Océano Atlántico, tuvieron que adaptarse al cambio, a los tiempos a otras costumbres y hábitos, eso que las iglesias no han podido lograr a lo largo de siglos en el campo de la diversidad sexual. Hace tres años un primo cercano, para quien aplica el dicho "La ignorancia es atrevida", con quien había jugado de niño me encaró por Facebook cuando colgué la foto de dos manos entrecruzadas con el titular Antonio y Victor celebran su primer aniversario, exhortándome a dejar el pecado porque sino nunca llegaría al reino de los cielos y ardería en el infierno. Así tal cual, yo le respondí solo una vez, mi prima Raquel se encargó de desenfundar su artillería. Lo que es yo no pierdo el tiempo ni las energías aunque siempre estoy alerta por si las moscas.

Yo imaginaba un dios  ¿o quizá una diosa?, piadoso y bueno no un ser despiadado. Tampoco tenía en mi mente a un Jesús castigador que te condenaba a sufrir por siempre, lo contrario al discurso de muchos pastores e iglesias organizadas para luchar del lado equivocado de la historia. Estuve en la iglesia católica porque buscaba tener un grupo y ser escuchado; sin embargo nunca me sentí libre para vivir mi sexualidad. Me pasó lo que a otros, reprimí mi naturaleza tratando de ser un chico heterosexual. Los recuerdos quedan, pienso que hice buenos amigos que ya no lo son porque no aceptan al otro al que realmente es Antonio. 

No pertenezco ni soy miembro de ningún lobby gay, soy peruano, comunicador, periodista y activista por la igualdad de derechos. No ando por la vida diciéndole a la gente que se cambie de religión o se vuelvan ateos NO. Mediante el diálogo, la conversación, el debate trato de intercambiar ideas y experiencias en un proceso de reflexión; aunque, por el contrario, los extremistas religiosos tratan de venderme su propaganda debajo de la puerta o echándome bendiciones que no he pedido. No soy católico tampoco evangélico y si podría hacerlo apostataría, es decir abandonaría la Iglesia Católica de forma oficial, porque nunca supe antes que uno podía hacer esto hasta que vi el filme El Apóstata y me sentí identificado con este personaje Gonzalo Tamayo, un hombre que desea ver su nombre retirado de los registros parroquiales. 

Los recuerdos quedan en la memoria, considero que todo fue un aprendizaje, volverse un poco más sabio toma años. No tengo religión alguna, simplemente me siento feliz donde estoy. Tengo valores y los practico en mi vida diaria como ciudadano, novio, hijo, hermano, nieto, primo, sobrino como ser humano. Mi único dios es la igualdad, mi religión la diversidad y mi fe la libertad. 

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